Por: Alexander Escobar

Fuente: alexanderinquieto@gmail.com

 Culpar a la insurgencia del surgimiento del paramilitarismo es un hecho evidente en los Tres Caínes. Presentar el paramilitarismo como un acto de venganza contra la guerrilla, por la muerte del padre de los hermanos Castaño, es la idea fundamental que la serie del canal RCN pretende imponer para desviar la atención del terrorismo de Estado.

La venganza existe, es claro, y el dolor por la muerte de su padre en manos de la guerrilla, también, como un hecho que debemos lamentar. Sin embargo, las actividades delictivas de los Castaño no inician a partir de la muerte de su padre, como pretende exponerlo la serie. Para ese momento, 1981, Carlos Castaño ya no vendía quesos, estaba vinculado al sicariato “en la organización criminal de pablo Escobar en Medellín, con quien su hermano mayor, Fidel Castaño, ya tenía negocios en la comercialización de droga”.

Son datos claves que se omiten para modificar los perfiles de los victimarios, y para manipular emocionalmente el imaginario del televidente que termina justificando el surgimiento del paramilitarismo por medio de una mezcla perfecta entre dolor y venganza. Para ello emplean la imagen de Carlos Castaño como el niño que vende quesos, y no como el adolescente vinculado al sicariato en la organización criminal de Pablo Escobar.

El uso de la ficción en los Tres Caínes no solo tiene fines dramáticos, también contiene fines políticos e ideológicos. Uno de ellos es ocultar los antecedentes del paramilitarismo al pretender exponerlo como el resultado de la venganza de un niño que vendía quesos. Por ello el término “terrorismo de Estado” no tiene relevancia en la serie, ni siquiera se pronuncia; aparece difusamente para ser interpretado, en el mejor de los casos, como un hecho derivado, mas no como el responsable del paramilitarismo.

Para el libretista de los Tres Caínes, Gustavo Bolívar, el paramilitarismo nace en la serie por la venganza de los Castaño, y no como lo que es: una estrategia sistemática de las clases dominantes para despojar al campesinado de sus tierras y asesinar a la oposición política, y en el caso de los Castaño, con un elemento adicional, asegurar las rutas del narcotráfico.

Otro de los objetivos ideológicos de la serie es tildar de guerrilleros a quienes piensan de modo distinto, o hacen parte de alguna expresión política opuesta al Gobierno. Este no es un señalamiento que pierda importancia porque lo pronuncia un jefe paramilitar, todo lo contrario, es una estigmatización real de quien le fue otorgado el estatus de vengador por el libretista, y que por fuera de la pantalla refuerza las declaraciones y señalamientos cotidianos de mandatarios, funcionarios del Gobierno, y sectores de la derecha colombiana que instalan esta idea en la sociedad. En otras palabras, los Tres Caínes no puede verse como un hecho aislado del arsenal mediático que emplean los canales privados para reproducir las voces de la oficialidad que califican de guerrilleros a quienes piensan en modo distinto al Gobierno. Es decir, los Tres Caínes son un complemento evolucionado y diseñado para trabajar de la mano con noticieros y programas de “opinión” que ejercen un control ideológico sobre la sociedad.

Pero algo más deplorable sucede con esta serie. Las víctimas del paramilitarismo ven cómo sus victimarios se convierten en vengadores y bravos guerreros cuyos crímenes pasan a segundo y tercer orden por el protagonismo que adquieren los conflictos internos (amorosos y familiares) que introducen los libretos para los Castaño, y que generan una carga emocional en el televidente que termina sufriendo e identificándose con el victimario[1]. El hecho que podría ser visto como algo normal en la elaboración del perfil de un personaje, no puede abordarse de tal manera, en tanto que esto no está determinado por una necesidad estética o dramatúrgica; son los perfiles de los Tres Caínes el desarrollo de unos fines ideológicos que buscan desviar la atención del paramilitarismo como estrategia del terrorismo de Estado, fines que reducen todo a cuadros pasionales, y peleas y traiciones entre narcotraficantes, mientras se sostiene la idea de que el paramilitarismo es producto de la venganza de un niño que vendía quesos.

En cuanto a las víctimas, aparecen bajo un perfil gaseoso, sin trascendencia y trato digno, sin un contexto político claro donde la dimensión de la tragedia vivida es solo un mensaje dado a manera de twitter, una voz sin memoria, silenciada por el estruendoso protagonismo otorgado por el libretista a los victimarios que son presentados como vengadores y bravos guerreros.

La producción de narco-novelas y para-series van a continuar en Colombia. Pero para el libretista de los Tres Caínes la culpa recae en el televidente. “Los canales ponen lo que la gente quiere ver”, son las palabras de Gustavo Bolívar; palabras que ocultan el trasfondo de la responsabilidad de los medios de comunicación privados. Porque “lo que la gente quiere ver” no es otra cosa que los programas que los canales privados la acostumbraron a consumir; son ellos los responsables de haber formado un tipo de público para el narco-rating y, hoy por hoy, para el rating del terrorismo de Estado de los Tres Caínes.

Marzo 25 de 2013